Domingo 29 de Marzo de 2020
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Facundo Balboni: el argentino que cambió de vida por amor a los pistachos

El emprendedor abandonó una vida de privilegios en Buenos Aires para establecerse en San Juan y administrar una finca de pistachos de casi cien hectáreas

Facundo Balboni: el argentino que cambió de vida por amor a los pistachos
lunes 14 de octubre de 2019

La vida de Federico Balboni dio un giro inesperado cuando durante un viaje por España descubrió la pasión y dedicación con la que los europeos se desempeñaban en sus plantaciones de olivares. Fascinado por la belleza del paisaje, decidió dar un giro de 180 grados y dedicarse a la producción agropecuaria en su vuelta a la Argentina.

El camino no fue fácil, Balboni había vivido por más de 36 años en el centro de Capital Federal y mudarse a una región agraria era algo que no estaba en sus planes. Luego de terminar el colegio secundario, se graduó en Administración de Empresas y trabajó de lleno en la empresa de su familia, el colegio St. Matthew’s de Belgrano.

Recién en 2015, su mujer –embarazada de su primera hija– le dijo “es ahora o nunca”, y así fue como partió con rumbo a La Rioja con ganas de emprender. Antes de iniciar su proyecto, charló con sus hermanos-socios, quienes le dieron el empujón que le faltaba para lanzarse a la aventura.

“Lo único que tenía era un clasificado de una finca en venta en La Rioja que promocionaban por Mercado Libre, y con eso solo llegué a Aimogasta”, recuerda. El arribo suscitó nuevas complicaciones, ya que el predio apenas contaba con tres árboles de oliva. Balboni no se dio por vencido y escuchó propuestas de los vecinos de la zona, que le comentaron que la industria de los frutos secos estaba en pleno crecimiento.

Con ese dato se dirigió hacia San Juan, donde se contactó con algunos productores de pistachos y se puso a investigar sobre este fruto que aporta numerosos beneficios nutritivos y mejora el funcionamiento del sistema nervioso y cardiovascular. “Estuvo horas y horas en Google y se convirtió un especialista en el tema. Todo lo que podía encontrar sobre el pistacho en Internet lo imprimió y estudió”, expresa Magdalena, su esposa.

La producción de pistachos nació en una finca sanjuanina que decidió denominar “Boni”, en honor a su apellido. Allí, plantó 50 hectáreas e instaló su oficina en un motorhome, que usaba tanto para dormir como para trabajar. Sin embargo, la ilusión no le duró demasiado, debido a que a los pocos meses se produjo una gran tormenta que destruyó toda su plantación.

“Volver a empezar fue muy duro. Este mundo y las incidencias climáticas eran algo desconocido para mí. Tuve que aprender sobre la marcha cómo hacer agricultura en el desierto”, aseguró.

El siguiente paso fue mudar su familia de Buenos Aires a San Juan, algo que también tuvo sus complicaciones, ya que su mujer estaba feliz con su vida porteña. “Yo no quería saber nada sobre irme a San Juan, pero él estaba cada vez más embalado: se había convertido en un completo apasionado. La gente de la zona me decía que era un loco enamorado del pistacho”, recuerda Magdalena.

La decisión de mudarse se tomó el día que Balboni llevó a su finca a la experta norteamericana Louise Ferguson, quien quedó fascinada con su trabajo. Gracias a las palabras de aliento de la estadounidense, su esposa armó las valijas y se mudó con él.

Más adelante se sumaron dos nuevos proyectos: la compra de una finca de 25 hectáreas y un vivero modelo para proveer de plantas a los productores de la zona.

El pistacho se produce únicamente en cuatro países: Estados Unidos (principalmente en California), Irán, Australia y Argentina. Según datos del Relevamiento Nacional de Frutos Secos, nuestro país cuenta con 1.008,5 hectáreas implantadas con pistachos, donde San Juan lidera la producción con 776 hectáreas; le siguen La Rioja con 200 y Mendoza con 32,5, respectivamente.

En 2017 se exportaron alrededor de 397 toneladas por un valor de 3,3 millones de dólares, siendo los principales destinos Italia y Brasil. “Cada hectárea puede producir hasta tres mil kilos. El año pasado se le pagó a los productores siete dólares por kilo”, precisó Balboni.

Las plantas entran en producción entre los seis y ocho años; de ahí en más, su vida útil es de un siglo. Balboni es consciente de que todavía debe esperar dos temporadas para cosechar, aunque se muestra muy entusiasmado con la iniciativa.

“Acá en San Juan todo es distinto. El sol penetra todos los días en la piel. Este proyecto significa todo para mí; es lo que más me gusta hacer en la vida”, concluye el emprendedor.